Al calor de un café

Aun recuerdo con bastante claridad la primera vez que entré yo solo a tomarme un café. No pasó nada especial. Ningún suceso extraño, nada relevante, ni tan siquiera conocí a alguna chica. Entonces, ¿por qué lo recuerdo? Pues porque fue una de las primeras barreras que logré superar. Sí, algo tan nimio como entrar en una cafetería a tomarse un café era para mí un suceso relativamente incómodo y las cosas incómodas (como supongo que en mayor o menor medida nos sucede a todos) intentaba evitarlas en la medida de lo posible. Y me resultaba incómodo por esa extraña obsesión de creer que el resto del mundo está pendiente de lo que haces y de lo que piensas, cuando en realidad no eres más que un hombre desconocido del que se olvidan nada más alejarse de ellos. 

Por aquel entonces tenía que coger un autobús que me llevara al trabajo justo a la salida de la estación de tren. Siempre llegaba casi veinte minutos antes de la hora así que no tenía muchas opciones aparte de escuchar música o leer algún libro, pues mis compañeros solían apurar mucho más. Además, la cafetería se encontraba en el interior de la estación y no había posibilidad de que perdiera el autobús. Solo pedí un café con leche. Me senté en una de las mesas y respiré hondo, comprobando que el mundo no me señalaba, burlándose por estar solo.

Y me gustó. Me gustó la sensación de poder observar desde fuera, de escuchar conversaciones inocuas o realmente importantes. Fue ese momento el que me impulsó definitivamente a escribir, el que me hizo darme cuenta de que era un escritor, a pesar de que no lograra publicar nada en toda mi vida.