Pildoras azules (2001), Frederick Peeters

Frederick va enumerando entradas del diccionario hasta que llega a la que busca: discordante. En voz alta lee la definición para Cati, que esta asomada al balcón. La busca porque el médico les ha dicho que son una pareja “discordante” y no sabían exactamente a qué se referían. Parece ser que no era algo bueno. Pero Frederick sale al balcón, se asoma junto a Cati aun resoplando y maldiciendo a los médicos. Cati le mira fijamente, le abre una enorme sonrisa y le dice: “te quiero”.

 

Este podría ser el comienzo de una historia de amor  cualquiera de una pareja cualquiera salvo por el hecho de que Cati y su hijo de tres años son seropositivos.

Leí “Pildoras azules” al poco de que saliera, hace ya varios años. En aquella época compraba bastantes tebeos (o cómics o novelas gráficas, que cada uno escoja la denominación) y solía guíarme por los blogs de referencia sobre este mundillo. Sin embargo, descubrí esta obra casi de casualidad, cuando repasaba de un vistazo la portada de los nuevos títulos que se mostraban como maniquíes sobre la repisa de una famosa tienda de cómics de Madrid. En la cubierta, un sofá navegaba a la deriva con una pareja sonriente sobre un mar azul agitado.

La historia se dibuja con lineas muy sencillas, agradables y claras. Solo dibujando lo imprescindible para transmitirnos la emoción en cada viñeta (con esos característicos ojos grandes, de pupilas enormes, que lejos de caricaturizar al personaje hace que empaticemos aún más con él).

Es una obra que pertenece a ese indefinido género que se denomina autobigrafía de ficción. No porque lo que se cuente en sus páginas sea mera inventiva sino por desfragmentar la realidad hasta tal punto que carezca de importancia si lo que nos cuentan sea ficción o no. Como tal autobiografía se nos presenta, al poco de comenzar la historia, a un Peeters enfrascado en la realización de un cómic, el mismo cómic que leemos en ese preciso instante, advirtiéndonos que lo que leemos son una especie de memorias sobre uno de los acontecimientos más importantes de la vida del autor: el descubrimiento del amor de su vida y de las dificultades para sacar adelante esa relación.

Peeters podría habernos llevado por la senda del dramatismo. Dibujar un paisaje gris, incluso moralista. Pero, en cambio, nos relata la historia con sencillez y sin ningún tipo de autocompasión ni tragedia. Nos muestra lo cotidiano: las dudas, los miedos, la ansiedad ante lo desconocido. Desnuda su intimidad con una valentía desgarradora, sin pudor. Como se enfrenta al hecho de que jamás podrá tener una sexualidad normal, el pánico cuando algo sale mal y la terrible incertidumbre hasta que el médico te comunica que todo está bien.

Pero más allá de la enfermedad, es una historia de amor. Una gran historia de amor. Una de las más bellas que he leído en mucho tiempo.

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