El círculo infinito

Leí Rayuela quizás hace diez o doce años. Llegué a ella a través de los cuentos de Cortázar. Aquellos relatos me fascinaron tanto que tuve que leer todo lo que hubiera publicado. A cada relato que terminaba de leer, me sobrevenía una sensación de impotencia al saber que jamás podría escribir ni tan siquiera algo parecido. Por fortuna, luego venían a mí mis propias historias y, aunque siempre estarán alejadas, forman parte de mi mundo.

Así, inevitablemente, comencé a leer Rayuela. Lo hice como mandaban los cánones (o Cortazar), o sea, dos veces. Una del capítulo uno al 56 y otra empezar por el capítulo 73 y seguir la pauta marcada que te iba llevando de un capítulo a otro sin que adivinaras muy bien con qué criterios lo hacía. Tiempo después, cuando he ido profundizando en análisis literarios y técnicas narrativas me di cuenta de que fui un lector pasivo, acomodado, que no quiso salirse de lo  “convencional”.

En realidad Rayuela tiene tres partes: “Del lado de allá” (lo que sucede en París), “Del lado de acá” (lo que sucede en Buenos Aires) y “De otros lados (Capítulos prescindibles)”.  Ya con esta última parte Cortázar nos está invitando a evitar leer esos capítulos y convertir la novela solo en dos partes. Para decirlo de otro modo, nos incita a participar en la “escritura” de la novela. A dejar de ser lectores pasivos, como hasta ese momento se había sido en la gran mayoría de la literatura universal, y conformarnos nosotros mismos nuestra propia lectura. 

De Rayuela se recuerdan fragmentos, sensaciones, asombro. Como ese convertir en objeto sagrado y casi mágico sacrificando un paraguas viejo y roto tirado en una calle, al modo de los objets trouvés surrealistas. O el encontrarse sin buscarse La Maga y Oliveira, pues si no el azar no les encontraba no merecía la pena siquiera estar juntos. O la lluvia y las calles de París, el jazz, el humo, los cafés.

Puede parecer abrumadora, de hecho, confieso que algunas capítulos se me hicieron tediosos y excesivamente disgresivos. Pero a ella hay que adentrarse sin complejos, aletoriamente, como si fuera fragmentos aislados, y dejarse llevar por el ritmo de las palabras y las imágenes.

Y terminar con ese balanceo de atrás hacia adelante en un movimiento perpetuo, en la novela que no es una novela sino todo lo contrario…

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