Última estación

Las sombras se suceden tras los cristales grises. El tren traquetea despacio y monótono. En uno de sus gastados compartimentos dos pétreos viajeros se sientan uno frente al otro. Están completamente solos en todo el vagón. Hace demasiado tiempo que nadie, ni siquiera el revisor, interrumpe el tenso silencio de los pasajeros. Ambos parecen sacados de un mismo molde (traje gris, corbata oscura, maletín de piel y zapatos a juego). Pero el tren se frena bruscamente.

–          Vaya, ¿qué habrá sucedido?

–          Un semáforo en rojo.

–          ¿Tú crees?

–          Intuyo.

El silencio retorna, haciéndose ahora más pesado e ingobernable. El tren, sin embargo, sigue su trayecto sin pausas dramáticas. Uno de los viajeros mira mecánicamente su reloj. Su compañero de vagón clava su mirada en aquel hombre simétrico. Observa sus oscuras cejas, perfectamente niveladas; sus impenetrables pupilas negras; su nariz de corte egipcio; su estirado cuello de jirafa, oculto tras su impoluta camisa. Quedaba poco para llegar a su destino y aquel hombre era lo único que tenía. Abrió su maletín y levantándose con mucha precaución, mostró su contenido a su compañero de viaje.

–          ¡Un Kikirú!

–          ¿Cómo sabes qué es?

Y abriendo su maletín, se levantó con mucha precaución y mostró su contenido.

–          ¡Un Kikirú!

Y el tren, inevitablemente, tuvo que llegar a su destino.

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