Escritura

Nunca me he acostumbrado a escribir en el ordenador. Siempre tengo la sensación de que es algo ajeno a mí y no consigo aprehender las palabras. Se quedan atoradas en algún punto inconcreto a la altura de mi esternón izquierdo.

Suelo escribir en pequeños libretas de tapas negras o en cuadernos  de espiral. Salto de una a otra dependiendo de lo que suponga que vaya a escribir. Pero siempre me acompaña una de ellas, casi antes que mi cartera.

Escribo en cafés. En los parques, sobre la hierba, bajo la sombra de un árbol. Escribo sentado o tumbado sobre mi cama. En el tren. En el metro. En los autobuses. Escribo a lápiz en mi libreta de tapas negras. A bolígrafo en los cuadernos de espiral.

Tengo cuadernos más grandes donde escribo mis relatos y mi aún inacabada novela.Tengo un cuaderno que reservé, una vez, solo para poner las ideas de relatos o historias que se me iban ocurriendo. Pero no duró mucho. No suelo escribir con ideas preconcebidas. Tengo otro que comenzó como un “diario intermitente” pero se quedó ahí, agotado y con la mayoría de las páginas en blanco.  Tengo una libreta de tapas negras solo para dibujar en la que intercalo frases y mínimos textos que poco a poco ha ido ganando terreno.

Ahora escribo esto en una antigua libreta frente a un café con hielo. Después, en casa, atraparé estas palabras escuchando la radio.

Creo que nunca me acostumbraré a escribir en el ordenador.

 

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El círculo infinito

Leí Rayuela quizás hace diez o doce años. Llegué a ella a través de los cuentos de Cortázar. Aquellos relatos me fascinaron tanto que tuve que leer todo lo que hubiera publicado. A cada relato que terminaba de leer, me sobrevenía una sensación de impotencia al saber que jamás podría escribir ni tan siquiera algo parecido. Por fortuna, luego venían a mí mis propias historias y, aunque siempre estarán alejadas, forman parte de mi mundo.

Así, inevitablemente, comencé a leer Rayuela. Lo hice como mandaban los cánones (o Cortazar), o sea, dos veces. Una del capítulo uno al 56 y otra empezar por el capítulo 73 y seguir la pauta marcada que te iba llevando de un capítulo a otro sin que adivinaras muy bien con qué criterios lo hacía. Tiempo después, cuando he ido profundizando en análisis literarios y técnicas narrativas me di cuenta de que fui un lector pasivo, acomodado, que no quiso salirse de lo  “convencional”.

En realidad Rayuela tiene tres partes: “Del lado de allá” (lo que sucede en París), “Del lado de acá” (lo que sucede en Buenos Aires) y “De otros lados (Capítulos prescindibles)”.  Ya con esta última parte Cortázar nos está invitando a evitar leer esos capítulos y convertir la novela solo en dos partes. Para decirlo de otro modo, nos incita a participar en la “escritura” de la novela. A dejar de ser lectores pasivos, como hasta ese momento se había sido en la gran mayoría de la literatura universal, y conformarnos nosotros mismos nuestra propia lectura. 

De Rayuela se recuerdan fragmentos, sensaciones, asombro. Como ese convertir en objeto sagrado y casi mágico sacrificando un paraguas viejo y roto tirado en una calle, al modo de los objets trouvés surrealistas. O el encontrarse sin buscarse La Maga y Oliveira, pues si no el azar no les encontraba no merecía la pena siquiera estar juntos. O la lluvia y las calles de París, el jazz, el humo, los cafés.

Puede parecer abrumadora, de hecho, confieso que algunas capítulos se me hicieron tediosos y excesivamente disgresivos. Pero a ella hay que adentrarse sin complejos, aletoriamente, como si fuera fragmentos aislados, y dejarse llevar por el ritmo de las palabras y las imágenes.

Y terminar con ese balanceo de atrás hacia adelante en un movimiento perpetuo, en la novela que no es una novela sino todo lo contrario…

Puzzle

Aquella tarde, a la sombra de un café, sucedió algo maravilloso: se enamoraron.

Ella traía la rutina cosida a su sombra y una mirada tan lejana que parecía que ya no podría volver.

Él se refugiaba en tierras imaginadas y le colgaba la desesperanza por sus hombros.

Ella dibujaba mariposas y luciérnagas en el vaho de los cristales y jugaba a que era feliz.

Él ahogaba su timidez con sonrisas y silencios y bisbiseaba poemas de memoria en sus ratos libres.

Ella se fijó en la pajarita de papel que sobresalía de las páginas del libro que estaba leyendo.

Él en su forma de agitar la cucharilla del café.

En el corazón de ambos había un vacío denso  y oscuro. Ella, entonces, atrapó del borde de su corazón la sustancia necesaria para rellenar el hueco de él que, a su vez, atrapó del centro del suyo la sustancia imprescindible para ocupar el de ella.

Pero no encajaron. La sustancia no lograba fusionarse y quedaba como una pieza de puzzle mal colocada. Él, entonces, rescató de nuevo la parte del corazón que ella le había dado y recogió la parte del suyo.

Se sintieron tristes y más desesperanzados que nunca. Pero se encontraron sus miradas y ella, decidida, volvió a rellenar la parte del corazón de él; y él, seguro, lo hizo con el de ella.

“Gentleman Jim”, Raymond Briggs (1980)

Jim solo quiere salir de su rutina. Iniciar una nueva vida que le reporte emociones, desafíos, nuevos retos. Y se pone a buscar en el periódico para buscar un nuevo trabajo. Pero todos le piden certificados y títulos. Y a Jim, en su escuela,  no le dieron certificados ni títulos, solo la Biblia y un cachete. Pero Jim no se rinde, y comienza a buscar oficios que sean emocionantes, peligrosos, aventureros…

Quizás sean Jim y su esposa Hilda lo mejor del álbum. Son dos de los personajes más humanos, sencillos y sinceros con los que me he topado a lo largo de mis variadas lecturas. Jim es ingenuo, se diría casi infantil. Sin apenas estudios pero con el sentido común propio de los que ven el mundo sin dobleces. Hilda apoya a su esposo incondicionalmente y le ayuda en sus descabelladas aventuras para ser vaquero o bandolero. Incluso participa de ellas. Pero Jim se encontrará con trabas que le impedirán conseguir sus sueños. Trabas como la burocracia, el dinero, la realidad. Nuestra realidad. Pues es como si Jim y Hilda navegaran por otro mundo. Un mundo enormemente sencillo y, con total seguridad, más feliz. 

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La estructura narrativa de Briggs es progresiva. De buscar trabajos reales, concretos, Jim va fantaseando cada vez con oficios más irreales y fantasiosos, hecho que provocará sus tropiezos y el agridulce final.

Briggs muestra un alarde del dibujo impresionante. Dota a cada elemento de la historia con su estilo adecuado. Así, Jim, Hilda y el mundo que gira sobre ellos (como la dependienta de la librería que guarda para Jim sus “Historias de Aventuras para chicos” preferidos) están dibujados con líneas suaves y redondas, que hace que empaticemos aún más con ellos. No así los que están fuera de ese mundo, que están dibujados con figuras geométricas, sin expresiones faciales, lo que nos provoca una sensación de rigidez que nos hace alejarnos de ellos. A destacar, las Splash-page, propias del cómic de superhéroes, que aquí son un recurso para mostrar las fantasías de Jim. En ellas se observa con claridad el talento como dibujante de Briggs, que se recrea en el dibujo llegando a plasmar con maestría, por ejemplo, la silueta de la Odalisca de Ingres.

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Resumiendo, el álbum me pareció genial. Consigue emocionarnos y sentirnos identificados con la pareja protagonista. Quizás, si hay que ponerle algún pero, se note demasiado el marco simbólico con el que quiere criticar el poder, la burocracia, la autoridad.

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“Gentleman Jim”, Raymond Briggs; Astiberri Ediciones, 2008

Café

Escucho “Baby Love” de “The Supremes” en la radio de mi mesilla mientras intento escribir estas líneas. A mis dedos se me vienen imágenes de una pequeña cafetería de barrio donde tomó mi café y mi barrita con tomate cada fin de semana. Se me cruza una sonrisa y un suave y, en apariencia, sedoso cabello largo y negro. Una charla entre compañeros de trabajo sobre tipos de cerveza y ruedas de maquinas pesadas. Ella interviene sobre lo difícil de cambiar una rueda de un tipo de coche determinado que recuerdo con vaguedad. Luego va al baño, apura su zumo de naranja y se despide. Yo la rocé con mi mirada y me sumí de nuevo en mi café.

Eran las once y media de una mañana tranquila y expectante.

Feliz ignorancia

Hace un tiempo escuché en la radio a una mujer que para llegar al altar en el día de su boda había elegido “Yesterday” de los Beatles. ¡¿Cómo?! me dije mientras torcía la esquina de una tienda de espejos y marcos de cuadros de pintores del Ikea. Daba la justificación de que desde siempre The Beatles fueron su grupo favorito y que “Yesterday” una de las canciones que habían marcado su vida. Bien. Hasta ahí de acuerdo. Pero, ¿ni siquiera había buscado en google la letra para leer lo que decía realmente antes de tomar una decisión- a mi entender- tan importante? Si lo hubiera hecho se habría dado cuenta que no es precisamente la canción adecuada para celebrar la unión del amor feliz. O quizás sí lo había hecho y prefirió dejarse arrastrar por la música de Paul y John y el ritmo de su voz y quedarse en esa feliz ignorancia. Hay gente así.

¿Y qué dice entonces la letra? Que los problemas, la soledad, el desamor, la tristeza han vuelto y que se quedarán para siempre. Que ahora no es ni la mitad del hombre que solía ser. Que añora tanto el ayer. Ese ayer donde el enamorarse y desenamorarse era tan fácil. Donde todo era un juego aparentemente inocente. Ahora solo quiere esconderse y desaparecer.

Bueno, es una interpretación mía pero creo que se aproxima bastante. En todo caso, no puede haber nada más lejos de un amor que se presume feliz y eterno.

A vueltas de nuevo

Empecé este blog con la intención de escribir un post al día durante al menos el primer mes. Pero… duré exactamente 25 días. Visto ahora no está mal, solo me faltaron cinco días para lograrlo. Podría decir que estaba sobrecargado de trabajo, que no pude acceder a internet es un tiempo o que incluso que tuve una larga enfermedad… Sería mentir con descaro. Lo único que sucedió fue que un día la molicie, la falta motivación o ahora eso que llaman algunos gafapastisles o snobs de proscrastinación (aunque creo que ya ha dado la vuelta y ahora se menciona como algo paródico) me pudo sin remedio. Y un día siguió al otro inevitablemente. Y como pasa con esos amigos no muy cercanos a los que cuanto más tiempo estás sin contactar con ellos más incómodo te resulta mandarles si quisiera un saludo, así me pasaba según iban cayendo los días sin actualizar el blog. Pero ayer alguien me dejo un acertado comentario en uno de mis post y fue motivación suficiente para al menos intentarlo de nuevo. No prometo un post al día, pero sí espero no dejar que se oxide…

Nota: Y también tengo pendiente de actualizar mi otro blog, ains.

Moebius

Esta mañana, a los 73 años ha muerto Jean Giraud, alias Moebius: un grande de la historieta europea y mundial. Su estética revolucionó no solo el mundo del cómic sino al propio mundo del cine. Solo hay que comparar la escenografía de “Blade runner” y “Alien” (en la que participó en la preproducción) con “El incal”, una de sus obras maestras. Capaz de evolucionar del realismo más puro con el Teniente Blueberry a las imágenes oníricas de El incal, los ojos del gato o El mundo de Edena.

Escena de uno de los cómics de Blueberry

El incal

Fue el que me abrió la mente y desarrolló mi imaginación con Los mundos de Edena. Una fantasía onírica que animo a descubrir y adentrarse en ella, a pesar de que en ocasiones resulte confusa y excesivamente imaginativa, una verdadera obra de arte.

Hasta siempre maestro.