Visión

Mi vista se detiene en encinas dispersas

[achaparradas

a través del desgastado cristal del ferrocarril

cadenciosa y ausente

como queriéndose evadir del mundo real

y crear uno ficticio y más

a su manera

real y cercano.

Entonces comienza de nuevo la niebla

cayendo a pedazos como jirones deshilachados

de un hinchado vientre arácnido.

Se va posando desde el último crepúsculo

arrastrándose por entre los huecos

que aún sobreviven de luz

haciéndose un todo.

La percibo a dos silencios de distancia

con el ferrocarril traqueteando

en mis circunvalaciones extrañas y sumisas.

Pero nada de esto es real.

Solo el cristal que me refleja

y la saliva que retorna

al interior de mi garganta.

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Vagando ideas…

Solo necesito un instante de vida para escribir un verso y tres generaciones para rozar el sentido de la poesía.

Poesía no es un determinado número de versos agolpados en un papel, poesía es la mirada de dos amantes y el polvo que oculta el camino; poesía es la charla del café y las prisas del viajero. Solo eso y nada más, que diría un viejo pájaro maldito.

La poesía es íntima y universal, egoísta y solidaria. La poesía solo necesita un espacio donde escribir, ya sea la puerta de un baño o el margen de tu libro preferido.

La poesía solo pertenece a todo el mundo.

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Como cada mañana…

Como cada mañana se refugió entre las sábanas durante unos instantes antes de sentarse al borde de la cama.

Como cada mañana se afeitó con el agua templada y se enjabonó la cara y las axilas para después rociarse con el desodorante.

Como cada mañana se vistió con la ropa que había preparado el día anterior y besó en la frente de su mujer que como cada mañana aún seguía dormida.

Como casi cada mañana tomó la linea 3 del metro, se procuró un asiento y dejó perder su mirada en la pantalla del móvil.

Como cada mañana se sintió miserable y agotado.

Como cada mañana tuvo que engañar a dos o tres ingenuos.

Como cada mañana la mañana se hizo tarde.

Y la tarde se hizo noche.

Y la noche era una mañana sin luz.

Como cada mañana se refugió…

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Rastros de un café

Laura sacudía el sobrecito de azúcar que el camarero había colocado estratégicamente junto a su taza. Miró su reloj mientras disolvía el azúcar en el café; las siete y media. Hacía ya veinte minutos que Paula y Cristina debían estar charlando junto a ella. Seguro que Paula se ha entretenido admirando sus nuevas tetas de caucho, murmuraba mientras dejaba la cucharilla gotear sobre el platillo. Su móvil se estremeció sobre la mesa. Era Cristina. No podía venir. Su hijo Fran volvía a tener anginas. Lo más seguro es que se las extirparan el viernes. El móvil volvió a vibrar dos minutos después. Esta vez era Paula. Sólo envió un escueto mensaje para no tener que dar demasiadas explicaciones.

Laura se había quedado únicamente con su taza de café. Dirigió su mirada hacia el exterior. Comenzaba a llover con fuerza. La gente corría en busca de un lugar donde refugiarse. De repente, la puerta de la cafetería se abrió de golpe. Un joven desaliñado y desgarbado entró tambaleándose hacía el interior. Con un suspiro de alivio pidió una gran taza de chocolate caliente. Laura lo observaba con curiosidad. Aún eran las ocho menos diez. El café se había agotado y lo único que le pedía su cuerpo era una gran taza de ese chocolate caliente.

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El círculo infinito

Leí Rayuela quizás hace diez o doce años. Llegué a ella a través de los cuentos de Cortázar. Aquellos relatos me fascinaron tanto que tuve que leer todo lo que hubiera publicado. A cada relato que terminaba de leer, me sobrevenía una sensación de impotencia al saber que jamás podría escribir ni tan siquiera algo parecido. Por fortuna, luego venían a mí mis propias historias y, aunque siempre estarán alejadas, forman parte de mi mundo.

Así, inevitablemente, comencé a leer Rayuela. Lo hice como mandaban los cánones (o Cortazar), o sea, dos veces. Una del capítulo uno al 56 y otra empezar por el capítulo 73 y seguir la pauta marcada que te iba llevando de un capítulo a otro sin que adivinaras muy bien con qué criterios lo hacía. Tiempo después, cuando he ido profundizando en análisis literarios y técnicas narrativas me di cuenta de que fui un lector pasivo, acomodado, que no quiso salirse de lo  “convencional”.

En realidad Rayuela tiene tres partes: “Del lado de allá” (lo que sucede en París), “Del lado de acá” (lo que sucede en Buenos Aires) y “De otros lados (Capítulos prescindibles)”.  Ya con esta última parte Cortázar nos está invitando a evitar leer esos capítulos y convertir la novela solo en dos partes. Para decirlo de otro modo, nos incita a participar en la “escritura” de la novela. A dejar de ser lectores pasivos, como hasta ese momento se había sido en la gran mayoría de la literatura universal, y conformarnos nosotros mismos nuestra propia lectura. 

De Rayuela se recuerdan fragmentos, sensaciones, asombro. Como ese convertir en objeto sagrado y casi mágico sacrificando un paraguas viejo y roto tirado en una calle, al modo de los objets trouvés surrealistas. O el encontrarse sin buscarse La Maga y Oliveira, pues si no el azar no les encontraba no merecía la pena siquiera estar juntos. O la lluvia y las calles de París, el jazz, el humo, los cafés.

Puede parecer abrumadora, de hecho, confieso que algunas capítulos se me hicieron tediosos y excesivamente disgresivos. Pero a ella hay que adentrarse sin complejos, aletoriamente, como si fuera fragmentos aislados, y dejarse llevar por el ritmo de las palabras y las imágenes.

Y terminar con ese balanceo de atrás hacia adelante en un movimiento perpetuo, en la novela que no es una novela sino todo lo contrario…

Puzzle

Aquella tarde, a la sombra de un café, sucedió algo maravilloso: se enamoraron.

Ella traía la rutina cosida a su sombra y una mirada tan lejana que parecía que ya no podría volver.

Él se refugiaba en tierras imaginadas y le colgaba la desesperanza por sus hombros.

Ella dibujaba mariposas y luciérnagas en el vaho de los cristales y jugaba a que era feliz.

Él ahogaba su timidez con sonrisas y silencios y bisbiseaba poemas de memoria en sus ratos libres.

Ella se fijó en la pajarita de papel que sobresalía de las páginas del libro que estaba leyendo.

Él en su forma de agitar la cucharilla del café.

En el corazón de ambos había un vacío denso  y oscuro. Ella, entonces, atrapó del borde de su corazón la sustancia necesaria para rellenar el hueco de él que, a su vez, atrapó del centro del suyo la sustancia imprescindible para ocupar el de ella.

Pero no encajaron. La sustancia no lograba fusionarse y quedaba como una pieza de puzzle mal colocada. Él, entonces, rescató de nuevo la parte del corazón que ella le había dado y recogió la parte del suyo.

Se sintieron tristes y más desesperanzados que nunca. Pero se encontraron sus miradas y ella, decidida, volvió a rellenar la parte del corazón de él; y él, seguro, lo hizo con el de ella.

Feliz ignorancia

Hace un tiempo escuché en la radio a una mujer que para llegar al altar en el día de su boda había elegido “Yesterday” de los Beatles. ¡¿Cómo?! me dije mientras torcía la esquina de una tienda de espejos y marcos de cuadros de pintores del Ikea. Daba la justificación de que desde siempre The Beatles fueron su grupo favorito y que “Yesterday” una de las canciones que habían marcado su vida. Bien. Hasta ahí de acuerdo. Pero, ¿ni siquiera había buscado en google la letra para leer lo que decía realmente antes de tomar una decisión- a mi entender- tan importante? Si lo hubiera hecho se habría dado cuenta que no es precisamente la canción adecuada para celebrar la unión del amor feliz. O quizás sí lo había hecho y prefirió dejarse arrastrar por la música de Paul y John y el ritmo de su voz y quedarse en esa feliz ignorancia. Hay gente así.

¿Y qué dice entonces la letra? Que los problemas, la soledad, el desamor, la tristeza han vuelto y que se quedarán para siempre. Que ahora no es ni la mitad del hombre que solía ser. Que añora tanto el ayer. Ese ayer donde el enamorarse y desenamorarse era tan fácil. Donde todo era un juego aparentemente inocente. Ahora solo quiere esconderse y desaparecer.

Bueno, es una interpretación mía pero creo que se aproxima bastante. En todo caso, no puede haber nada más lejos de un amor que se presume feliz y eterno.