Visión

Mi vista se detiene en encinas dispersas

[achaparradas

a través del desgastado cristal del ferrocarril

cadenciosa y ausente

como queriéndose evadir del mundo real

y crear uno ficticio y más

a su manera

real y cercano.

Entonces comienza de nuevo la niebla

cayendo a pedazos como jirones deshilachados

de un hinchado vientre arácnido.

Se va posando desde el último crepúsculo

arrastrándose por entre los huecos

que aún sobreviven de luz

haciéndose un todo.

La percibo a dos silencios de distancia

con el ferrocarril traqueteando

en mis circunvalaciones extrañas y sumisas.

Pero nada de esto es real.

Solo el cristal que me refleja

y la saliva que retorna

al interior de mi garganta.

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Como cada mañana…

Como cada mañana se refugió entre las sábanas durante unos instantes antes de sentarse al borde de la cama.

Como cada mañana se afeitó con el agua templada y se enjabonó la cara y las axilas para después rociarse con el desodorante.

Como cada mañana se vistió con la ropa que había preparado el día anterior y besó en la frente de su mujer que como cada mañana aún seguía dormida.

Como casi cada mañana tomó la linea 3 del metro, se procuró un asiento y dejó perder su mirada en la pantalla del móvil.

Como cada mañana se sintió miserable y agotado.

Como cada mañana tuvo que engañar a dos o tres ingenuos.

Como cada mañana la mañana se hizo tarde.

Y la tarde se hizo noche.

Y la noche era una mañana sin luz.

Como cada mañana se refugió…

2014-02-23 18.39.55

Las dos caras de Peter Pan

El país de «Nuncajamás» no es sino la representación de todos los mundos fantásticos que niños de todas las generaciones reviven en su más temprana infancia. Y ese mundo será real mientras permanezcamos dentro de él. Mientras creamos ciertamente que los piratas vienen a por nosotros; que con el polvo de hada podemos elevarnos del suelo y luchar desde el aire y esquivar las balas de cañón. Es ese mundo de la infancia.

Pero hay dos visiones de esa edad pueril: una inocente, ingenua e inofensiva; otra oscura, compleja y reflexiva. Supongo que no hará falta decir cuál pertenece a la novela y cuál a la famosa película de animación de Disney… Estrenada el 5 de Febrero de 1953, la película fue un éxito de crítica y público. Walt Disney encargó el proyecto del guion a Milt Banta, guionista de «Alicia en País de las Maravillas» y, posteriormente, de «La Bella Durmiente». El texto era bastante extenso así que se limitó a seleccionar las escenas fundamentales.

Como ya dije la adaptación cinematográfica suaviza y a veces elimina las escenas que pudieran ser polémicas o demasiado oscuras para el público eminentemente familiar al que iba dirigido. El arranque de la historia es básicamente idéntico. No escamotean ningún personaje salvo la doncella, figura muy secundaria en la novela. Pero sí hay una diferencia importante. En la película, Wendy cuenta a Peter que al día siguiente crecerá porque será desplazada del cuarto de los niños, donde duerme ahora, a un cuarto para ella sola, como hacen los mayores. Cuando lo oye de inmediato quiere llevarla consigo para viajar al país de «Nunca Jamás» antes de que crezca y ya no pueda volver. En la novela, Peter persuade a Wendy para que se vaya con él diciéndole las maravillas de «Nunca Jamás» egoístamente -de hecho la arrastra hacia la ventana- sin importarle siquiera si podrá volver a casa o los peligros que pueda correr, solo interesado en los cuentos que podrá contarle. Pero este cambio obedece más a la obligada adaptación a la hora de pasar de un código narrativo a otro que a razones más moralistas o comerciales. Después de esta escena sí que el guionista aprovecha la descripción de la isla y de los piratas -incluyendo al Capitán Garfio- para incluir situaciones cómicas a modo de gags -como el afeitado de la gaviota o al pirata que disparan- que servirán para suavizar y eliminar cualquier elemento oscuro de la historia original. Más importante es, en mi opinión, la eliminación de ciertos elementos en la llegada de Wendy, sus hermanos, Peter Pan y Campanilla a «Nunca Jamás». Cuando todos se acercan volando hacia la isla, Campanilla despista a Wendy y la separa del grupo. Entonces va en busca de los niños perdidos y les convence de que Wendy es en realidad un gran pájaro blanco y de que Peter Pan les ordena que lo derriben y maten. Y es del más ingenuo e inocente de ellos del que se aprovecha Campanilla (Simplón o Lelo según las distintas versiones en castellano, Tootles en el original- algo así como el que es o se mueve con mucha pausa o tranquilidad-) para que dispare con su flecha a Wendy. Esta alcanza su objetivo y Wendy cae al suelo. Lo que es una acción terrible, y a punto de ser trágica de no ser por el colgante que lleva al cuello Wendy donde se le clava la flecha (una bellota que le dio Peter creyendo que era un beso), se convierte en mera travesura en la película. En ella tan solo le tiran piedras y flechas de madera que le hacen caer a pesar de no darle ninguna. Y otra diferencia fundamental es la conclusión de esta escena. En la película Peter Pan recoge en sus brazos a Wendy y baja con ella suavemente hasta el suelo, rodeándoles los niños perdidos con alboroto. En la novela Wendy cae al suelo y los niños perdidos la rodean creyéndola muerta. Simplón entonces se estremece, aterrorizado por Peter Pan, al comprobar que no es un pájaro sino una muchacha. Es en ese momento cuando llega Peter Pan y al creer también él que ha caído muerta al suelo, arranca la flecha y se revuelve contra quién la disparó, dispuesto a clavársela sin ninguna compasión. Pero Wendy le sujeta la mano y se lo impide, descubriendo todos que ella está bien. Los indios forman parte fundamental de la siguiente escena. Esta no existe en la historia original, si no que fue añadida por el guionista para sustituir la batalla que sucede en el lago de las sirenas en la novela. Después de que los indios hayan atrapado a Juan y Miguel y a los niños perdidos, los llevan a su campamento y los atan juntos en el tótem. En realidad es un simple juego inofensivo en el que se atrapan unos a otros para luego soltarse. Pero esta vez ha desaparecido Tigridia y no los soltarán hasta que les digan donde se encuentra. Será por supuesto Peter el que solucionará el entuerto cuando llegue con Wendy y Tigridia al campamento después de haberla salvado en el lago de las sirenas. Los indios ya no volverán a aparecer más a pesar de la importancia que sí tienen en la novela. Quizás sea por la ambigüedad que representan pues son un grupo al margen, independientes, que solo les une a Peter y los niños su odio a los piratas. Pero más bien me inclino que sea por meras cuestiones prácticas y que si les hiciera cobrar un mayor protagonismo el metraje sería demasiado largo. Una curiosidad -o más bien una actitud marcadamente machista- en esta escena. Cuando todos bailan alrededor del fuego una mujer india detiene a Wendy y le dice que ella no puede bailar con el resto pues, como mujer, debe limpiar y traer leña al campamento. Lo más sorprendente es que, aunque a regañadientes, lo hace en primera instancia -la segunda vez que se lo dice se marchará airada. Es un signo de la moral de la época -recordemos que es 1953- pero bastante significativo para ver cómo se marcaban los estereotipos de mujer. Sucede entremedias de esta escena un cambio importante con respecto a la versión literaria. Para descubrir el escondite de Peter Pan, el Capitán Garfio consigue engañar a Campanilla convenciéndola de que se llevará con ellos a Wendy para así tener a Peter para ella sola. Esta escena no existe en el libro. Campanilla no es engañada, los piratas descubren el escondite por ellos mismos de casualidad al sentarse sobre la chimenea del árbol. Por tanto, con este cambio lo que el guionista y los directores querían era marcar el carácter malvado de Garfio y redimir a Campanilla, pues después de saberse engañada ya definitivamente se pone del lado de los niños. Después llega ya el punto culminante de la película, el punto de máxima tensión dramática que llevara al plácido final. Una vez que averiguan el escondite atrapan a los niños y a Wendy y dejan un regalo a Pan que resulta ser una bomba (en la novela son cinco gotas de veneno que echa Garfio en la medicina que le daba Wendy a Peter). Entonces es Campanilla quien le salva en el último momento, ya de la bomba o del veneno, quedando malherida. Pan clama venganza y se lanza contra el Capitán en la que será la última batalla. Quizás lo más significativo de esta lucha final es la derrota de Garfio. Su fin en la película por supuesto sigue en la misma línea y huye cómicamente del cocodrilo junto a Smee, alejándose del barco. En la novela, Barrie nos deja entrever la compleja personalidad de Peter. Después de matar uno a uno a los piratas, lanzando al aire su aquí escalofriante canto del gallo, va a por Garfio dispuesto a la lucha final. Pero el pirata está desconcertado, confuso. El Capitán está aterrorizado. Llega a preguntar a Peter Pan quién es realmente y él solo contesta que la alegría y la juventud en un tono burlón y despreocupado que termina por volver definitivamente loco al Capitán. Ya no puede soportarlo más y acaba por suicidarse tirándose a las fauces del eterno cocodrilo. Luego llega ya, en la versión cinematográfica por supuesto, el final plácido y previsible.

Peter no es ese aventurero que corre junto a los indios y lucha contra los piratas, sino un niño atrapado en su propia imagen, anclado a una inmadurez constante, esa negación a crecer que en el fondo todos nosotros hemos deseado alguna vez. Un Peter andrógino y malencarado, soberbio y cruel con sus enemigos que no acepta que le contradigan. Pero para otros será solo esa imagen inocente del héroe puro, sin fisuras, que Disney nos ha proporcionado. Desde aquí recomiendo fervientemente adentrarse en la novela y descubrir esa otra cara de Peter que Disney no quiso mostrarnos. Y si os pica aún más la curiosidad, intentar leer su anterior versión teatral llamada «Peter Pan o El niño que no quería crecer» estrenada el 27 de diciembre de 1904. Es algo más amarga y oscura que su posterior versión en prosa, de 1911.

Pero no quería terminar este brevísimo ensayo sin mencionar el capítulo final de la historia que Disney no nos enseña. Es un final amargo y hermoso en el que se nos descubre la fragilidad de Peter, una lúcida visión sobre lo que significa crecer y tener que dejar atrás la magia de la infancia. Cuando creíamos en las hadas y luchábamos con los piratas. Todos excepto Peter Pan. Que seguirá volviendo a buscar a Wendy para la limpieza de primavera y después a su hija y después a la hija de su hija mientras, como dice Barrie, «los niños sean alegres, inocentes e insensibles».

Peter_Pan_by_EvelMash

Ilustración de Evel Mash

Bibliografía/Filmografía:

  • Peter Pan, James M. Barrie; Alianza Editorial, 2010
  • Peter Pan o el niño que no quería crecer; Ediciones Siruela, 2005
  • Peter Pan; Walt Disney Company ®, 1953

El círculo infinito

Leí Rayuela quizás hace diez o doce años. Llegué a ella a través de los cuentos de Cortázar. Aquellos relatos me fascinaron tanto que tuve que leer todo lo que hubiera publicado. A cada relato que terminaba de leer, me sobrevenía una sensación de impotencia al saber que jamás podría escribir ni tan siquiera algo parecido. Por fortuna, luego venían a mí mis propias historias y, aunque siempre estarán alejadas, forman parte de mi mundo.

Así, inevitablemente, comencé a leer Rayuela. Lo hice como mandaban los cánones (o Cortazar), o sea, dos veces. Una del capítulo uno al 56 y otra empezar por el capítulo 73 y seguir la pauta marcada que te iba llevando de un capítulo a otro sin que adivinaras muy bien con qué criterios lo hacía. Tiempo después, cuando he ido profundizando en análisis literarios y técnicas narrativas me di cuenta de que fui un lector pasivo, acomodado, que no quiso salirse de lo  “convencional”.

En realidad Rayuela tiene tres partes: “Del lado de allá” (lo que sucede en París), “Del lado de acá” (lo que sucede en Buenos Aires) y “De otros lados (Capítulos prescindibles)”.  Ya con esta última parte Cortázar nos está invitando a evitar leer esos capítulos y convertir la novela solo en dos partes. Para decirlo de otro modo, nos incita a participar en la “escritura” de la novela. A dejar de ser lectores pasivos, como hasta ese momento se había sido en la gran mayoría de la literatura universal, y conformarnos nosotros mismos nuestra propia lectura. 

De Rayuela se recuerdan fragmentos, sensaciones, asombro. Como ese convertir en objeto sagrado y casi mágico sacrificando un paraguas viejo y roto tirado en una calle, al modo de los objets trouvés surrealistas. O el encontrarse sin buscarse La Maga y Oliveira, pues si no el azar no les encontraba no merecía la pena siquiera estar juntos. O la lluvia y las calles de París, el jazz, el humo, los cafés.

Puede parecer abrumadora, de hecho, confieso que algunas capítulos se me hicieron tediosos y excesivamente disgresivos. Pero a ella hay que adentrarse sin complejos, aletoriamente, como si fuera fragmentos aislados, y dejarse llevar por el ritmo de las palabras y las imágenes.

Y terminar con ese balanceo de atrás hacia adelante en un movimiento perpetuo, en la novela que no es una novela sino todo lo contrario…

Puzzle

Aquella tarde, a la sombra de un café, sucedió algo maravilloso: se enamoraron.

Ella traía la rutina cosida a su sombra y una mirada tan lejana que parecía que ya no podría volver.

Él se refugiaba en tierras imaginadas y le colgaba la desesperanza por sus hombros.

Ella dibujaba mariposas y luciérnagas en el vaho de los cristales y jugaba a que era feliz.

Él ahogaba su timidez con sonrisas y silencios y bisbiseaba poemas de memoria en sus ratos libres.

Ella se fijó en la pajarita de papel que sobresalía de las páginas del libro que estaba leyendo.

Él en su forma de agitar la cucharilla del café.

En el corazón de ambos había un vacío denso  y oscuro. Ella, entonces, atrapó del borde de su corazón la sustancia necesaria para rellenar el hueco de él que, a su vez, atrapó del centro del suyo la sustancia imprescindible para ocupar el de ella.

Pero no encajaron. La sustancia no lograba fusionarse y quedaba como una pieza de puzzle mal colocada. Él, entonces, rescató de nuevo la parte del corazón que ella le había dado y recogió la parte del suyo.

Se sintieron tristes y más desesperanzados que nunca. Pero se encontraron sus miradas y ella, decidida, volvió a rellenar la parte del corazón de él; y él, seguro, lo hizo con el de ella.

Momo (o la extraña historia de los ladrones de tiempo y de la niña que devolvió el tiempo a los hombres) (1973), Michael Ende

Fue hace ya 36 años que apareció esta historia. Pero creo que aun no hemos aprendido demasiado de ella. Para quien quiera escuchar(o leer en términos estrictamente exactos) les contaré que sucede en una de esas ciudades cada vez más grandes, cada vez más pobladas y cada vez más solitarias.

Sucede en un apartado suburbio de esa gran urbe, habitado por gente humilde y cordial. En ese suburbio descansan las antiguas ruinas de un antiguo anfiteatro y bajo él, en una de sus cámaras medio derruidas por el paso de los siglos, vivía Momo.

Y es Momo, pequeña y bastante flaca, de una edad indefinida desde los siete a los trece años, que casi siempre iba descalza y que tan solo poseía nada más que lo que le regalaban o lo que encontraba por ahí, la protagonista sobre la que gira todo el sentido de la historia.

No obstante, claro está, están los hombres grises. Siempre en traje, corbata y maletín en mano; con un cigarrillo entre sus labios y el único deseo de consumir todo el tiempo de los hombres…

Los Hombres grises

Pero en su ayuda estará la tortuga Caisopea, siempre lenta aunque segura, y el maestro Hora, el guardian del tiempo.

Reflexión sobre el valor de las cosas, del cada vez más perdido arte de escuchar, del poder de la imaginación, de la libertad de ser uno mismo…

Fragmento:

– ¿Te gustan los acertijos?- le preguntó, como quien no quiere la cosa, mientras seguían su camino.

– ¡Sí! ¡Mucho!- contestó Momo-.¿Sabes alguno?

– Sí-dijo el maestro Hora, mirando sonriente a Momo-, pero es muy dificil. Muy pocos saben resolverlo.

– Eso está bien-dijo Momo-, así me lo aprenderé y se lo repitiré más tarde a mis amigos.

– A ver si lo adivinas- contestó el maestro Hora-. Atiende:

Tres hermanos viven en una casa:

son de veras diferentes;

si quieres distinguirlos,

los tres se parecen.

El primero no está: ha de venir.

El segundo no está: ya se fue.

Sólo está el tercero, menor de todos;

sin él, no existirían los otros.

Aún así, el tercero sólo existe

porque en el segundo se convierte el primero.

Si quieres mirarlo

no ves más que otro de sus hermanos.

Dime pues: ¿los tres son uno?,

¿o sólo dos?, ¿o ninguno?

Si sabes cómo se llaman

reconocerás tres soberanos.

Juntos reinan en un país

que ellos son. En eso son iguales.

Pedro Salinas

Uno de los poetas de la famosa Generación del 27. Para él, lo aparente, lo que vemos y palpamos, nos oculta el auténtico fondo de las cosas. Así, su poesía busca esa realidad profunda. Por tanto presenta los objetos y las personas fuera de su circunstancias, como algo esencial. (La amada es siempre un “tú” que no tiene rasgos definidos).

Sin embargo tiene lenguaje sencillo, sobrio, casi cotidiano y natural.

En 1933 publica La voz a ti debida, el libro más importante de Salinas y uno de los libros de poesía amorosa del siglo XX español.

Está dedicada a un único amor, que se trata en su proceso: desde las dudas iniciales hasta la separación y la soledad o la nada final, pasando por los momentos de pasión culminante. Pero no va a través de una sucesión temporal, sino que nos lleva para que perdamos el hilo de la narración lineal.

Aqui os dejo con uno de esos poemas de “La voz a ti de debida”.

A la noche se empiezan

a encender las preguntas.

Las hay distantes, quietas,

inmensas, como astros:

preguntan desde allí

siempre

lo mismo: cómo eres.

Otras,

fugaces y menudas,

querrían saber cosas

leves de ti y exactas:

medidas

de tus zapatos, nombre

de la esquina del mundo

donde me esperarías.

Tú no las puedes ver,

pero tienes el sueño

cercado todo él

por interrogaciones

mías.

Y acaso alguna vez

tú, soñando, dirás

que sí, que no, respuestas

de azar y de milagro

a preguntas que ignoras,

que no ves, que no sabes.

Porque no sabes nada;

y cuando te despiertas,

ellas se esconden, ya

invisibles, se apagan.

Y seguirás viviendo

alegre, sin saber

que en media vida tuya

estás siempre cercada

de ansias, de afán, de anhelos,

sin cesar preguntándote

eso que tú no ves

ni puedes contestar.

"La pescadora valenciana", Joaquín sorolla