Visión

Mi vista se detiene en encinas dispersas

[achaparradas

a través del desgastado cristal del ferrocarril

cadenciosa y ausente

como queriéndose evadir del mundo real

y crear uno ficticio y más

a su manera

real y cercano.

Entonces comienza de nuevo la niebla

cayendo a pedazos como jirones deshilachados

de un hinchado vientre arácnido.

Se va posando desde el último crepúsculo

arrastrándose por entre los huecos

que aún sobreviven de luz

haciéndose un todo.

La percibo a dos silencios de distancia

con el ferrocarril traqueteando

en mis circunvalaciones extrañas y sumisas.

Pero nada de esto es real.

Solo el cristal que me refleja

y la saliva que retorna

al interior de mi garganta.

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Vagando ideas…

Solo necesito un instante de vida para escribir un verso y tres generaciones para rozar el sentido de la poesía.

Poesía no es un determinado número de versos agolpados en un papel, poesía es la mirada de dos amantes y el polvo que oculta el camino; poesía es la charla del café y las prisas del viajero. Solo eso y nada más, que diría un viejo pájaro maldito.

La poesía es íntima y universal, egoísta y solidaria. La poesía solo necesita un espacio donde escribir, ya sea la puerta de un baño o el margen de tu libro preferido.

La poesía solo pertenece a todo el mundo.

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Como cada mañana…

Como cada mañana se refugió entre las sábanas durante unos instantes antes de sentarse al borde de la cama.

Como cada mañana se afeitó con el agua templada y se enjabonó la cara y las axilas para después rociarse con el desodorante.

Como cada mañana se vistió con la ropa que había preparado el día anterior y besó en la frente de su mujer que como cada mañana aún seguía dormida.

Como casi cada mañana tomó la linea 3 del metro, se procuró un asiento y dejó perder su mirada en la pantalla del móvil.

Como cada mañana se sintió miserable y agotado.

Como cada mañana tuvo que engañar a dos o tres ingenuos.

Como cada mañana la mañana se hizo tarde.

Y la tarde se hizo noche.

Y la noche era una mañana sin luz.

Como cada mañana se refugió…

2014-02-23 18.39.55

Las dos caras de Peter Pan

El país de «Nuncajamás» no es sino la representación de todos los mundos fantásticos que niños de todas las generaciones reviven en su más temprana infancia. Y ese mundo será real mientras permanezcamos dentro de él. Mientras creamos ciertamente que los piratas vienen a por nosotros; que con el polvo de hada podemos elevarnos del suelo y luchar desde el aire y esquivar las balas de cañón. Es ese mundo de la infancia.

Pero hay dos visiones de esa edad pueril: una inocente, ingenua e inofensiva; otra oscura, compleja y reflexiva. Supongo que no hará falta decir cuál pertenece a la novela y cuál a la famosa película de animación de Disney… Estrenada el 5 de Febrero de 1953, la película fue un éxito de crítica y público. Walt Disney encargó el proyecto del guion a Milt Banta, guionista de «Alicia en País de las Maravillas» y, posteriormente, de «La Bella Durmiente». El texto era bastante extenso así que se limitó a seleccionar las escenas fundamentales.

Como ya dije la adaptación cinematográfica suaviza y a veces elimina las escenas que pudieran ser polémicas o demasiado oscuras para el público eminentemente familiar al que iba dirigido. El arranque de la historia es básicamente idéntico. No escamotean ningún personaje salvo la doncella, figura muy secundaria en la novela. Pero sí hay una diferencia importante. En la película, Wendy cuenta a Peter que al día siguiente crecerá porque será desplazada del cuarto de los niños, donde duerme ahora, a un cuarto para ella sola, como hacen los mayores. Cuando lo oye de inmediato quiere llevarla consigo para viajar al país de «Nunca Jamás» antes de que crezca y ya no pueda volver. En la novela, Peter persuade a Wendy para que se vaya con él diciéndole las maravillas de «Nunca Jamás» egoístamente -de hecho la arrastra hacia la ventana- sin importarle siquiera si podrá volver a casa o los peligros que pueda correr, solo interesado en los cuentos que podrá contarle. Pero este cambio obedece más a la obligada adaptación a la hora de pasar de un código narrativo a otro que a razones más moralistas o comerciales. Después de esta escena sí que el guionista aprovecha la descripción de la isla y de los piratas -incluyendo al Capitán Garfio- para incluir situaciones cómicas a modo de gags -como el afeitado de la gaviota o al pirata que disparan- que servirán para suavizar y eliminar cualquier elemento oscuro de la historia original. Más importante es, en mi opinión, la eliminación de ciertos elementos en la llegada de Wendy, sus hermanos, Peter Pan y Campanilla a «Nunca Jamás». Cuando todos se acercan volando hacia la isla, Campanilla despista a Wendy y la separa del grupo. Entonces va en busca de los niños perdidos y les convence de que Wendy es en realidad un gran pájaro blanco y de que Peter Pan les ordena que lo derriben y maten. Y es del más ingenuo e inocente de ellos del que se aprovecha Campanilla (Simplón o Lelo según las distintas versiones en castellano, Tootles en el original- algo así como el que es o se mueve con mucha pausa o tranquilidad-) para que dispare con su flecha a Wendy. Esta alcanza su objetivo y Wendy cae al suelo. Lo que es una acción terrible, y a punto de ser trágica de no ser por el colgante que lleva al cuello Wendy donde se le clava la flecha (una bellota que le dio Peter creyendo que era un beso), se convierte en mera travesura en la película. En ella tan solo le tiran piedras y flechas de madera que le hacen caer a pesar de no darle ninguna. Y otra diferencia fundamental es la conclusión de esta escena. En la película Peter Pan recoge en sus brazos a Wendy y baja con ella suavemente hasta el suelo, rodeándoles los niños perdidos con alboroto. En la novela Wendy cae al suelo y los niños perdidos la rodean creyéndola muerta. Simplón entonces se estremece, aterrorizado por Peter Pan, al comprobar que no es un pájaro sino una muchacha. Es en ese momento cuando llega Peter Pan y al creer también él que ha caído muerta al suelo, arranca la flecha y se revuelve contra quién la disparó, dispuesto a clavársela sin ninguna compasión. Pero Wendy le sujeta la mano y se lo impide, descubriendo todos que ella está bien. Los indios forman parte fundamental de la siguiente escena. Esta no existe en la historia original, si no que fue añadida por el guionista para sustituir la batalla que sucede en el lago de las sirenas en la novela. Después de que los indios hayan atrapado a Juan y Miguel y a los niños perdidos, los llevan a su campamento y los atan juntos en el tótem. En realidad es un simple juego inofensivo en el que se atrapan unos a otros para luego soltarse. Pero esta vez ha desaparecido Tigridia y no los soltarán hasta que les digan donde se encuentra. Será por supuesto Peter el que solucionará el entuerto cuando llegue con Wendy y Tigridia al campamento después de haberla salvado en el lago de las sirenas. Los indios ya no volverán a aparecer más a pesar de la importancia que sí tienen en la novela. Quizás sea por la ambigüedad que representan pues son un grupo al margen, independientes, que solo les une a Peter y los niños su odio a los piratas. Pero más bien me inclino que sea por meras cuestiones prácticas y que si les hiciera cobrar un mayor protagonismo el metraje sería demasiado largo. Una curiosidad -o más bien una actitud marcadamente machista- en esta escena. Cuando todos bailan alrededor del fuego una mujer india detiene a Wendy y le dice que ella no puede bailar con el resto pues, como mujer, debe limpiar y traer leña al campamento. Lo más sorprendente es que, aunque a regañadientes, lo hace en primera instancia -la segunda vez que se lo dice se marchará airada. Es un signo de la moral de la época -recordemos que es 1953- pero bastante significativo para ver cómo se marcaban los estereotipos de mujer. Sucede entremedias de esta escena un cambio importante con respecto a la versión literaria. Para descubrir el escondite de Peter Pan, el Capitán Garfio consigue engañar a Campanilla convenciéndola de que se llevará con ellos a Wendy para así tener a Peter para ella sola. Esta escena no existe en el libro. Campanilla no es engañada, los piratas descubren el escondite por ellos mismos de casualidad al sentarse sobre la chimenea del árbol. Por tanto, con este cambio lo que el guionista y los directores querían era marcar el carácter malvado de Garfio y redimir a Campanilla, pues después de saberse engañada ya definitivamente se pone del lado de los niños. Después llega ya el punto culminante de la película, el punto de máxima tensión dramática que llevara al plácido final. Una vez que averiguan el escondite atrapan a los niños y a Wendy y dejan un regalo a Pan que resulta ser una bomba (en la novela son cinco gotas de veneno que echa Garfio en la medicina que le daba Wendy a Peter). Entonces es Campanilla quien le salva en el último momento, ya de la bomba o del veneno, quedando malherida. Pan clama venganza y se lanza contra el Capitán en la que será la última batalla. Quizás lo más significativo de esta lucha final es la derrota de Garfio. Su fin en la película por supuesto sigue en la misma línea y huye cómicamente del cocodrilo junto a Smee, alejándose del barco. En la novela, Barrie nos deja entrever la compleja personalidad de Peter. Después de matar uno a uno a los piratas, lanzando al aire su aquí escalofriante canto del gallo, va a por Garfio dispuesto a la lucha final. Pero el pirata está desconcertado, confuso. El Capitán está aterrorizado. Llega a preguntar a Peter Pan quién es realmente y él solo contesta que la alegría y la juventud en un tono burlón y despreocupado que termina por volver definitivamente loco al Capitán. Ya no puede soportarlo más y acaba por suicidarse tirándose a las fauces del eterno cocodrilo. Luego llega ya, en la versión cinematográfica por supuesto, el final plácido y previsible.

Peter no es ese aventurero que corre junto a los indios y lucha contra los piratas, sino un niño atrapado en su propia imagen, anclado a una inmadurez constante, esa negación a crecer que en el fondo todos nosotros hemos deseado alguna vez. Un Peter andrógino y malencarado, soberbio y cruel con sus enemigos que no acepta que le contradigan. Pero para otros será solo esa imagen inocente del héroe puro, sin fisuras, que Disney nos ha proporcionado. Desde aquí recomiendo fervientemente adentrarse en la novela y descubrir esa otra cara de Peter que Disney no quiso mostrarnos. Y si os pica aún más la curiosidad, intentar leer su anterior versión teatral llamada «Peter Pan o El niño que no quería crecer» estrenada el 27 de diciembre de 1904. Es algo más amarga y oscura que su posterior versión en prosa, de 1911.

Pero no quería terminar este brevísimo ensayo sin mencionar el capítulo final de la historia que Disney no nos enseña. Es un final amargo y hermoso en el que se nos descubre la fragilidad de Peter, una lúcida visión sobre lo que significa crecer y tener que dejar atrás la magia de la infancia. Cuando creíamos en las hadas y luchábamos con los piratas. Todos excepto Peter Pan. Que seguirá volviendo a buscar a Wendy para la limpieza de primavera y después a su hija y después a la hija de su hija mientras, como dice Barrie, «los niños sean alegres, inocentes e insensibles».

Peter_Pan_by_EvelMash

Ilustración de Evel Mash

Bibliografía/Filmografía:

  • Peter Pan, James M. Barrie; Alianza Editorial, 2010
  • Peter Pan o el niño que no quería crecer; Ediciones Siruela, 2005
  • Peter Pan; Walt Disney Company ®, 1953

Rastros de un café

Laura sacudía el sobrecito de azúcar que el camarero había colocado estratégicamente junto a su taza. Miró su reloj mientras disolvía el azúcar en el café; las siete y media. Hacía ya veinte minutos que Paula y Cristina debían estar charlando junto a ella. Seguro que Paula se ha entretenido admirando sus nuevas tetas de caucho, murmuraba mientras dejaba la cucharilla gotear sobre el platillo. Su móvil se estremeció sobre la mesa. Era Cristina. No podía venir. Su hijo Fran volvía a tener anginas. Lo más seguro es que se las extirparan el viernes. El móvil volvió a vibrar dos minutos después. Esta vez era Paula. Sólo envió un escueto mensaje para no tener que dar demasiadas explicaciones.

Laura se había quedado únicamente con su taza de café. Dirigió su mirada hacia el exterior. Comenzaba a llover con fuerza. La gente corría en busca de un lugar donde refugiarse. De repente, la puerta de la cafetería se abrió de golpe. Un joven desaliñado y desgarbado entró tambaleándose hacía el interior. Con un suspiro de alivio pidió una gran taza de chocolate caliente. Laura lo observaba con curiosidad. Aún eran las ocho menos diez. El café se había agotado y lo único que le pedía su cuerpo era una gran taza de ese chocolate caliente.

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Tsumiki no le (La maison en petits cubes)

Cartel del cortometraje

Cartel del cortometraje

A veces te encuentras con sorpresas inesperadas. Con destellos de sensibilidad, de luz e inteligencia en forma de pieza de animación.

Tsumiki no le (La maison en petits cubes) es una historia aparentemente sencilla e intimista que nos habla de la memoria, de los recuerdos vividos, de la vida en definitiva. Kunio kato, su director, fue el segundo japonés en ganar un Óscar en el 2008 tras la célebre El viaje de Chihiro.  

Funde lo simbólico con lo real, adentrándonos en un mundo onírico y extraño pero familiar a un tiempo. Poco importa qué sucedió y cómo en esa tierra acuática y lejana. Lo que nos atrae es esa figura entrañable e hipnótica que lucha e intenta sobrevivir a pesar de todo, a pesar de ese mar que le va persiguiendo implacable. A ello también ayuda la técnica empleada en la animación, pues kato juega a darle apariencia tradicional, casi como si estuviera echo con planchas una a una, a la antigua usanza, pero que, sin embargo está realizado con las más novedosas herramientas informáticas.

Aquí lo dejo, espero que lo disfrutéis tanto como yo. Y no os asustéis, a pesar del título no está en francés ni en japonés, es un corto sin palabras.

Café

Escucho “Baby Love” de “The Supremes” en la radio de mi mesilla mientras intento escribir estas líneas. A mis dedos se me vienen imágenes de una pequeña cafetería de barrio donde tomó mi café y mi barrita con tomate cada fin de semana. Se me cruza una sonrisa y un suave y, en apariencia, sedoso cabello largo y negro. Una charla entre compañeros de trabajo sobre tipos de cerveza y ruedas de maquinas pesadas. Ella interviene sobre lo difícil de cambiar una rueda de un tipo de coche determinado que recuerdo con vaguedad. Luego va al baño, apura su zumo de naranja y se despide. Yo la rocé con mi mirada y me sumí de nuevo en mi café.

Eran las once y media de una mañana tranquila y expectante.

Rutinas

Caminaba de un lado al otro del andén a pasos largos y lentos, esperando a que el indicador que colgaba sobre mi cabeza indicara que el tren ya se acercaba. Escuchaba la radio. Sonaba “Dancing in the dark” de Springsteen. La caras se veían tristes y somnolientas, expectantes como si estuviéramos en el rodaje de una película en la que estuviera a punto de suceder algo dramático o extraordinario. Pero el tren llega y nada ocurre. Frena, abre sus puertas, entramos. Me siento frente a una chica joven, de rasgos suaves, pelo corto, gafas negras de pasta. Nos sonreímos.

Nada más sucedió.

Conversaciones…

Esta tarde estaba tomando mi café en una de las cafeterías que suelo frecuentar. Estaba sentado en una mesita junto al ventanal tapizado con el inicio de una de las novelas de Dyckens que aun no he conseguido averiguar. A mi lado, alrededor de una mesa más grande, se sentaba un grupo que rápidamente asocié como compañeros de trabajo. Dos mujeres, tres hombres y una adolescente que se sentía descolocada y tremendamente aburrida. Hablaban de trabajo. Uno de ellos (con perilla, pelo corto, de traje) dirigía la conversación. Le seguía una de ellas (pelo largo rizado, morena, segura de sí misma) hilando los temas que iba sacando. El resto se colaba cuando uno de los dos dejaba suelto alguno de los hilos. Conversaban sobre números y objetivos de ventas; sobre compañeros que facturaban menos que otros años; sobre envidias encubiertas y burlas hacia el que no se ajusta a su modelo del mundo. Escuchándoles, me sentí tan alejado de ellos como de su mundo. Ese mundo en el que sienten las etapas de su vida como compartimentos estancos a los que no hay que dejar que se filtre nada. Porque eres adulto y debes hacer lo que hacen los adultos y cualquier desvío de las normas te hará débil y señalizable por el resto del grupo. Porque al fin y al cabo, solo consiste en eso: en dejar de ser tú mismo para ser aceptado por el resto, aunque eso signifique empujar hacia el fondo a los que no lo consigan.

Apuré mi café, lo acerqué a la barra y me fui de allí con la tranquila sensación de no pertenecer a uno de esos mundos.

Escalofríos

A veces cruzas tu mirada con una desconocida y sientes ese escalofrío que te recorre toda la espina dorsal. Pero sucede en el vagón de un tren atestado, en la cola de un supermercado o en el último asiento del autobús de la linea que casi nunca coges. Y lo dejas pasar… Lo dejas pasar porque sería demasiado extraño o demasiado atrevido acercarte a ella y decirle que tiene los ojos más bellos de todo el autobús, de todo el vagón, de todo el supermercado… Decirle que tu mundo se paró cuando se cruzó su mirada con la tuya. Que serías el hombre más feliz del mundo si tan solo te dejara invitarla a un café y contarnos nuestros sueños. Pero no lo haces. Lo dejas pasar y te dices a ti mismo que tendría novio, que se reiría de ti, que no merecería la pena. Y la olvidas. Y sigues adelante…

La próxima vez que me clave en la mirada de una desconocida prometo al menos intentarlo.