Mi Álbum Ilustrado

Acabo de terminar un curso de Álbum Ilustrado en el que intenté reflejar a través de imágenes uno de mis pequeños relatos. No sé si conseguí plasmar por completo las ideas que tenía. Seguro que no. Soy demasiado novato en esto y además carezco de la voluntad necesaria para dedicar el esfuerzo necesario a pulir y detallar una y otra vez tus bocetos y láminas. Pero lo disfruté y aprendí a perderme entre trazos de colores. Y con eso para mí basta.

Esto fue lo que salió:

Primera Lámina

Lámina 3Maqueta libro ilustrado

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Y este el relato que ilustré:

Puzzle

Aquella tarde, a la sombra de un café, sucedió algo maravilloso: se enamoraron.
Ella traía la rutina cosida a su sombra y una mirada tan lejana que parecía que ya no podría volver.
Él se refugiaba en tierras imaginadas y le colgaba la desesperanza por sus hombros.
Ella dibujaba mariposas y luciérnagas en el vaho de los cristales y jugaba a que era feliz.
Él ahogaba su timidez con sonrisas y silencios y bisbiseaba poemas de memoria en sus ratos libres.
Ella se fijó en la pajarita de papel que sobresalía de las páginas del libro que estaba leyendo.
Él en su forma de agitar la cucharilla del café.
En el corazón de ambos había un vacío denso y oscuro. Ella, entonces, atrapó del borde de su corazón la sustancia necesaria para rellenar el hueco de él que, a su vez, atrapó del centro del suyo la sustancia imprescindible para ocupar el de ella.
Pero no encajaron. La sustancia no lograba fusionarse y quedaba como una pieza de puzzle mal colocada. Él, entonces, rescató de nuevo la parte del corazón que ella le había dado y recogió la parte del suyo.
Se sintieron tristes y más desesperanzados que nunca. Pero se encontraron sus miradas y ella, decidida, volvió a rellenar la parte del corazón de él; y él, seguro, lo hizo con el de ella.

Vagando ideas…

Solo necesito un instante de vida para escribir un verso y tres generaciones para rozar el sentido de la poesía.

Poesía no es un determinado número de versos agolpados en un papel, poesía es la mirada de dos amantes y el polvo que oculta el camino; poesía es la charla del café y las prisas del viajero. Solo eso y nada más, que diría un viejo pájaro maldito.

La poesía es íntima y universal, egoísta y solidaria. La poesía solo necesita un espacio donde escribir, ya sea la puerta de un baño o el margen de tu libro preferido.

La poesía solo pertenece a todo el mundo.

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Escritura

Nunca me he acostumbrado a escribir en el ordenador. Siempre tengo la sensación de que es algo ajeno a mí y no consigo aprehender las palabras. Se quedan atoradas en algún punto inconcreto a la altura de mi esternón izquierdo.

Suelo escribir en pequeños libretas de tapas negras o en cuadernos  de espiral. Salto de una a otra dependiendo de lo que suponga que vaya a escribir. Pero siempre me acompaña una de ellas, casi antes que mi cartera.

Escribo en cafés. En los parques, sobre la hierba, bajo la sombra de un árbol. Escribo sentado o tumbado sobre mi cama. En el tren. En el metro. En los autobuses. Escribo a lápiz en mi libreta de tapas negras. A bolígrafo en los cuadernos de espiral.

Tengo cuadernos más grandes donde escribo mis relatos y mi aún inacabada novela.Tengo un cuaderno que reservé, una vez, solo para poner las ideas de relatos o historias que se me iban ocurriendo. Pero no duró mucho. No suelo escribir con ideas preconcebidas. Tengo otro que comenzó como un “diario intermitente” pero se quedó ahí, agotado y con la mayoría de las páginas en blanco.  Tengo una libreta de tapas negras solo para dibujar en la que intercalo frases y mínimos textos que poco a poco ha ido ganando terreno.

Ahora escribo esto en una antigua libreta frente a un café con hielo. Después, en casa, atraparé estas palabras escuchando la radio.

Creo que nunca me acostumbraré a escribir en el ordenador.

 

Pasos al frente

  Un antiguo filósofo griego dijo alguna vez que en la vida existían dos opciones: descansar o ser libre. En mi caso estuve derrumbado sobre un sillón la mayor parte de mi vida, aunque creo que más bien por inercia que por servilismo. Era mucho más cómodo desaparecer entre mi mundo, que enfrentarme a la ingratitud de la sociedad. Siempre disfruté más jugando solo que con cualquiera de mis escasos amigos. Se entrometían en mis silencios y mis batallas de soldados de juguete. Pero debía convivir en sociedad y si me apetecía jugar solo con mis juguetes y mis libros, se colgaba la etiqueta de tímido y reservado. Quizás fuera cierto aquella distinción, aunque tal vez no dejaran expresar mi verdadera identidad.

  Pero decidí ser libre. Como dijo Borges, un mañana te levantas y descubres realmente quien eres. Aún no he descubierto quién soy, pero de lo que sí estoy seguro es de quién no soy. Desde el momento en que deje de escribir esta entrada intentaré, en la medida de mis posibilidades y las de la sociedad, no encarnar más otro personaje.

Conversaciones…

Esta tarde estaba tomando mi café en una de las cafeterías que suelo frecuentar. Estaba sentado en una mesita junto al ventanal tapizado con el inicio de una de las novelas de Dyckens que aun no he conseguido averiguar. A mi lado, alrededor de una mesa más grande, se sentaba un grupo que rápidamente asocié como compañeros de trabajo. Dos mujeres, tres hombres y una adolescente que se sentía descolocada y tremendamente aburrida. Hablaban de trabajo. Uno de ellos (con perilla, pelo corto, de traje) dirigía la conversación. Le seguía una de ellas (pelo largo rizado, morena, segura de sí misma) hilando los temas que iba sacando. El resto se colaba cuando uno de los dos dejaba suelto alguno de los hilos. Conversaban sobre números y objetivos de ventas; sobre compañeros que facturaban menos que otros años; sobre envidias encubiertas y burlas hacia el que no se ajusta a su modelo del mundo. Escuchándoles, me sentí tan alejado de ellos como de su mundo. Ese mundo en el que sienten las etapas de su vida como compartimentos estancos a los que no hay que dejar que se filtre nada. Porque eres adulto y debes hacer lo que hacen los adultos y cualquier desvío de las normas te hará débil y señalizable por el resto del grupo. Porque al fin y al cabo, solo consiste en eso: en dejar de ser tú mismo para ser aceptado por el resto, aunque eso signifique empujar hacia el fondo a los que no lo consigan.

Apuré mi café, lo acerqué a la barra y me fui de allí con la tranquila sensación de no pertenecer a uno de esos mundos.

Escalofríos

A veces cruzas tu mirada con una desconocida y sientes ese escalofrío que te recorre toda la espina dorsal. Pero sucede en el vagón de un tren atestado, en la cola de un supermercado o en el último asiento del autobús de la linea que casi nunca coges. Y lo dejas pasar… Lo dejas pasar porque sería demasiado extraño o demasiado atrevido acercarte a ella y decirle que tiene los ojos más bellos de todo el autobús, de todo el vagón, de todo el supermercado… Decirle que tu mundo se paró cuando se cruzó su mirada con la tuya. Que serías el hombre más feliz del mundo si tan solo te dejara invitarla a un café y contarnos nuestros sueños. Pero no lo haces. Lo dejas pasar y te dices a ti mismo que tendría novio, que se reiría de ti, que no merecería la pena. Y la olvidas. Y sigues adelante…

La próxima vez que me clave en la mirada de una desconocida prometo al menos intentarlo.